Bueno, después de un tiempo por fin decido hacer partícipe de la buena nueva a los lectores de Totañating…
Me ha costado tanto escribir sobre este tema por varias razones:
1. Me cuesta pensar, hablar y escribir de este tema, sobretodo hasta que no sea seguro.
2. No quería que algunas personas se enteraran por esta vía.
Como ahora creo que más o menos todos vosotros ya sabéis de qué estoy hablando y como la decisión está ya en un grado muy avanzado, me decido a escribir.
Resulta que algo no encajaba en mi puzle. Una de esas piezas de cielo azul, que cuesta identificar, que cuesta encontrar y colocar en la posición correcta, y que a veces, incluso habiéndola colocado puede que no sea ése su sitio correcto.
Una espina clavada que tenía pinta de no salir nunca, es más de infectarse dentro.
Una sensación de ir por el camino equivocado, esperando encontrar algún día una señal que lo diga claramente y que te reconduzca a un camino en el que te sientas más cómodo. Eso, o que con el tiempo tus pies se amolden a ese asfalto.
Una convicción de no estar en el sitio correcto. De que no has encontrado tu sitio, ni tu camino, ni nada. Que todo está mal pero aparenta estar bien y que ni siquiera tu mismo te das cuenta de hay algo que falla, como para que se den cuenta los demás!*
Un “y si hubiera…”, un “a mí lo que de verdad me hubiera gustado…” que sabes que probablemente no te abandonen nunca.
Y claro llega un día en que los planetas se alinean de tal forma que una tontería unida a una frase de alguien importante hace que una idea comience a crecer en lo más profundo de tu cerebro. Tan profundamente que ni si quiera te has dado cuenta, pero algo ha cambiado.
Al principio la reprimes. Te preocupas y por tanto te ocupas en algo que no deje tiempo ni neuronas libres para pensar en eso. Este dilema te es familiar y no quieres revivirlo. Pero poco a poco te rindes y la idea comienza a tomar forma. Comienzas a informarte, a medir tus posibilidades, a tantear el terreno.
Te atreves a contarlo. En mi caso solo y durante mucho tiempo a 3 personas, las estrictamente necesarias.
Escuchas, discutes, vuelves a medir. Y entonces, reúnes el valor suficiente como para ser sincero contigo mismo y tomar la decisión que crees correcta. No sé si te lo dice el corazón o cerebro, probablemente más bien te lo pide el cuerpo.
Y entonces, cuando estás seguro, abres un poco más el círculo de confianza. Y sigues escuchando, y sigues pensando y como todavía estás a tiempo te lo vuelves a replantear todo.
Después de un tiempo crees estar convencido de que has cambiado de opinión, de que te precipitaste, de que quizás haya otra solución menos drástica y más políticamente correcta. De que no tienes huevos. Pero no dices nada, solo lo piensas. Porque en su día te prometiste mantenerte firme en tu decisión.
Afortunadamente, a estas alturas las 3 primeras personas ya se han dado cuenta de cuál es la decisión correcta y cuando vuelves a hablar con ellas no hay duda. Tu primer movimiento fue el correcto. Porque de sabios es rectificar, pero hay veces que cuando se toma una decisión no es bueno cambiar, porque esas razones que te llevaron a tomarla son reales, existen y son las más importantes.
Y entonces coges aire y saltas. Te pones manos a la obra y te enfrentas a la burocracia. Cumples tu parte del trato y ahora toca esperar. Esperar a que se cumplan los plazos. Mientras tanto el deseo de soltarlo al mundo entero te carcome por dentro pero no puedes, no hasta que todo esté atado y bien atado. Las cosas hay que hacerlas bien y todo tiene su orden.
Por fin llega el día, el plazo se cumple y das el primer paso importante. Y una vez que has dado ese decides darlos todos seguidos, aprovechar el impulso, la ola de emoción que te da fuerza.
Y entonces ya lo puedes decir al mundo. Y enfrentarte a él con la cabeza alta. Porque estás seguro de la decisión que has tomado, porque te emocionas solo de pensarlo. Sigue habiendo momentos de pánico y duda, pero los superas. Y van llegando las enhorabuenas, felicitaciones y palabras de ánimo. Y las agradeces, porque las necesitas. Porque este último movimiento te ha dejado las reservas de energía un poco vacías, y necesitas fuerzas.
Una cosa más, solo eres consciente de esto cuando ha pasado un tiempo. Cuando paras un segundo y miras atrás y te reconoces en todos esos momentos y entiendes cómo y por qué han sucedido las cosas. Y entonces sonríes. Y te prometes que siempre recordarás estos dos últimos meses y todo el proceso de decisión, las razones que movieron y los miedos que superaste. Porque sabes que lo necesitarás, que el camino es largo y seguramente volverás a mirar atrás y quieres volver a sonreír cuando lo hagas.
Así es como una Licenciada en Administración y Dirección de Empresas con un contrato indefinido en una buena empresa y 25 años decide ponerse a estudiar Medicina.
Confiemos en que la espina se llame vocación.
*[Esta sensación a veces me da miedo, porque no sé si tiene solución o realmente, haga lo que haga mi inconformismo, idealismo y perfeccionismo y no sé cuantos ismos más me harán sentirme así siempre. No sé, supongo que es de esas cosas que se curan con el tiempo]